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CONOCIENDO A DON BOSCO – 04

TEMA 4:  EL SISTEMA PREVENTIVO DE DON BOSCO

ObjetivoConocer los elementos centrales del sistema preventivo de Don Bosco.

I) UNA VIDA, UNA RESPUESTA

En la estación del tren

Regresaba yo una tarde de otoño y, para tomar el tren que tenía que conducirme a Turín tuve que esperar más de una hora en la estación de Carmagnola. Eran las siete. Estaba nublado. Contribuía todo de tal manera a aumentar la oscuridad, que a un paso de distancia no se podía distinguir a un ser viviente. Sólo un grupo de muchachos llamaba poderosamente la atención: jugaban, gritaban, atronaban los oídos de los pasajeros que estábamos allí. Los gritos: ¡espera!, ¡agárralo!, ¡huye!, ¡persigue a aquél!, ¡coge a ése! llegaban hasta nosotros en modo perfecto. Pero entre toda la gritería percibíase claramente una voz que se imponía a todas las demás. Era como la voz de un capitán, que todos repetían y todos obedecían tajantemente.

Me entró enseguida enorme curiosidad por conocer a quien con tanto ardor y tanta pericia era capaz de dirigir el juego en medio de tan gran alboroto. Viendo que, en un momento dado, se habían reunido todos alrededor del que les hacía de jefe, aproveché la ocasión por los pelos y de un salto me coloqué en medio de ellos.

Todos huyeron espantados; todos menos él, que se quedó firme, dándome la cara. Avanza hacia mí, pone los brazos en jarras y me dice con aire de mandamás:

— ¿Quién es usted para atreverse a mezclarse en nuestros juegos?

— Soy un amigo tuyo.

— ¿Y qué es lo que pretende de nosotros?

— Pues, si no os sabe mal, que me dejéis jugar y divertirme contigo y con tus amigos.

— Pero ¿quién es usted? No tengo el gusto de conocerlo.

— Ya te lo he dicho: un amigo tuyo, que deseo entretenerme con vosotros. ¿Y tú quién eres?

— ¿Quién soy yo? Soy—añadió con voz sonora y firme— Miguel Magone, el general del juego.

Entre tanto, los otros mozalbetes, que de pánico habían salido de estampida, fueron volviendo uno tras otro y colocándose a nuestro alrededor. Después de dirigir la palabra brevemente a cada uno de ellos, me volví de nuevo a Magone y continué:

— Querido Magone, ¿Cuántos años tienes?

— Trece.

— ¿Vas a confesarte alguna vez?

— Pues sí—respondió, riendo.

— ¿Has hecho ya la primera comunión?

— Sí que la hice.

— ¿Aprendes algún oficio?

— El de no hacer nada.

— Pero, con todo, alguna cosa estarás haciendo.

— Ir a la escuela.

— ¿A qué clase vas?

— A la tercera elemental.

— ¿Vive tu padre?

— No; murió.

— ¿Y tu madre?

— Sí, mi madre sí que vive. Trabaja para otros y hace lo imposible por darnos de comer a mí y a mis hermanos. Pero nosotros la traemos por la calle de la amargura.

— ¿Y qué piensas hacer más adelante?

— Algo tendré que hacer, pero aún no me ha pasado nada por la cabeza.

La franqueza con que se expresaba y el buen juicio que mostraba en sus palabras me hicieron ver el gran peligro que corría aquel muchacho si continuaba abandonado de aquel modo. Por otra parte, me daba cuenta de que si aquel brío y aquel carácter emprendedor eran sometidos a una buena educación, podían dar mucho de sí. En consecuencia, reemprendí el diálogo:

— Querido Magone ¿no serías capaz de dejar esta vida de vago y ponerte a aprender un arte o un oficio, e incluso hacer estudios?

— ¡Claro que lo sería!—respondió conmovido—; esta condenada vida que llevo no me hace ninguna gracia. Algunos compañeros míos ya están en la cárcel, y me temo que lo mismo me va a pasar a mí; pero ¿qué quiere usted que haga?: mi padre murió, mi madre no tiene cuartos, ¿quién será el que me ayude?

— Mira, esta misma noche dirígele una fervorosa oración a nuestro Padre que está en los cielos. Hazlo de corazón y espera. El pensará en mí, en ti y en todos.

En aquel momento la campana de la estación dio su último toque, y yo hube de marchar sin falta.

— Toma — le dije —, toma esta medalla y mañana preséntate al vicario de la parroquia, don Ariccio. Dile que el cura que te la regaló desea informes sobre tu conducta.

Tomó con respeto la medalla y volvió a preguntar:

— Pero ¿cómo se llama usted? ¿De dónde viene? ¿Le conoce a usted el señor vicario?

Estas y otras preguntas que el pobre Magone seguía haciendo las dejé sin contestar. El tren partía y tuve que subir al coche que me devolvía a Turín.

El legado educativo de Don Bosco

Los principales fundamentos pedagógicos de la enseñanza salesiana son la práctica y la experiencia. Don Bosco era práctico, convivía con los jóvenes, los ayudaba, se entretenía con ellos en vez de escribir algo sobre su sistema. De allí que el sistema educativo de San Juan Bosco, conocido como “Sistema Preventivo” se basa en su experiencia personal, cuyo estilo es el de una educación eminentemente práctica, sin necesidad de escribir tratado alguno sobre el tema. Hablemos, pues, de este legado que este santo dejó para la educación de la juventud.

Los pilares del sistema preventivo de Don Bosco

Se apoya este sistema en las palabras de S. Pablo: “La caridad es benigna y paciente; todo lo sufre, todo lo espera y lo soporta todo”. Tiene tres pilares insustituibles: la Razón, la Religión y el Amor.

  • Razón: que se manifiesta en los distintos momentos de la vida: el estudio, la disciplina y la corrección, si alguna vez hubiera que aplicarla. Razón que se manifiesta en la presencia continua entre los jóvenes, en el diálogo abierto, en la confianza que se regala, en el optimismo.
  • Religión: como principio y meta de su quehacer educativo. Religión alegre que incluye a los jóvenes a la vida espiritual a través de los sacramentos y a través de una entrañable devoción a la Virgen Auxiliadora.
  • Amabilidad (Amorevolezza): “Que los jóvenes no sólo sean amados, sino que se den cuenta de que se les ama”. El amor significa comprensión, respeto a la autonomía del alumno, capacidad para interpretar las necesidades de los jóvenes.

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Posted by on Ago 14 2012. Filed under EDUCADORES SALESIANOS. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. Both comments and pings are currently closed.

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